MI HISTORIA DE ACERCAMIENTO AL MUNDO BIKER
Peregrino sobre ruedas: el discernimiento del Camino
La carretera, mis amigos, no es solo asfalto y curvas; a veces, es un mapa de señales divinas que nos guían a encrucijadas inesperadas. Mi propio viaje al mundo biker, un terreno que a primera vista podría parecer ajeno a la sotana, fue precisamente eso: un entramado de eventos que, vistos en retrospectiva, revelan la providencia actuando con la sutileza de un buen motor afinado. Fue un discernimiento al estilo ignaciano, pero con el rugido de un motor de fondo.
La señal del motor inactivo: un llamado a la acción
Todo comenzó con una moto, un TX 200 2014, que compré en mayo 2019 por 700 dólares con ayuda de unas amigas españolas. Era una época con problemas serios de abastecimiento de gasolina. Una inversión modesta, sí, pero con el paso de los años, su presencia en la Residencia jesuita San Pedro Fabro se había vuelto casi una acusación. Junio de 2024 llegó, y la pobre máquina, más que un medio de transporte, era un objeto inactivo. Se dañaba por la falta de uso, y cada reparación era una pequeña sangría para los fondos de la comunidad. Es una regla de oro, ¿verdad? Lo que no se usa, es mejor que encuentre un propósito en otras manos.
La situación llegó a un punto de inflexión cuando un empleado de la UCAT, un hombre observador y práctico, me abordó. "Padre, esa moto está buena y ustedes no la usan. ¿Por qué no me la vende a mí? Yo sí le daría uso". Sus palabras resonaron. Fue como una primera chispa. ¿Estábamos nosotros, los jesuitas, desaprovechando un buen recurso? ¿Ignorando un potencial que estaba allí, oxidándose en el estacionamiento? Mis alertas espirituales se encendieron. No era solo una cuestión de venta; era una cuestión de utilidad, de propósito.
La "poca" Táchira: una llamada a la exploración
Poco después, en mayo de 2024, viajé a Puerto Ordaz para la primera misa de mi compañero jesuita, Isaac Velázquez. Allí, en medio de la alegría de la celebración, tuve una conversación reveladora con Roberto Salazar. Con su característica franqueza, me preguntó: “Pancho, en estos seis años que llevas en el Táchira, ¿cuánto conoces realmente esta tierra?". La pregunta me golpeó. Hice un recuento mental, y la respuesta fue vergonzosa: "Apenas tres o cuatro sitios", le dije.
Caí en la cuenta de lo poco que había explorado el estado que había sido mi hogar por tanto tiempo. La respuesta de Roberto, aunque amable, fue un eco de la primera señal: ¿Estaba yo desaprovechando la geografía, las personas, las experiencias que se ofrecían a mi alrededor? Aquí estaba una región rica en paisajes y cultura, y yo, un jesuita que busca a Dios en todas las cosas, apenas había arañado la superficie. Era una invitación, casi un empujón, a salir y conocer.
Rutas de paz: la pieza clave del rompecabezas
El puente del 24 de junio de 2024 me llevó al Monasterio Nuestra Señora de la Consolación de las hermanas Carmelitas Descalzas en Rubio. Me había retirado allí para avanzar con mi tesis doctoral, buscando la quietud y la concentración. Durante un almuerzo, el Espíritu Santo, siempre tan creativo, me presentó a dos jóvenes: Kevin Rubio y Andrés Meneses. Eran moteros, y lo noté de inmediato por un cooler que llevaban.
Lo que realmente me llamó la atención fue una calcomanía. En el centro, una moto; a los lados, dos palabras que, para mis ojos de entonces, parecían alemán. Intrigado, les pregunté qué significaban. "Rutas de Paz", me respondieron, revelando el misterio de Frieden Routen, RC. El nombre resonó. Rutas de paz. En ese instante, todas las piezas comenzaron a encajar. La moto inactiva, la poca exploración del Táchira, y ahora, esta comunidad motera con un nombre tan significativo.
Pedí su número y su red social. En los días siguientes, aquellos cuatro puntos: la moto que no se usaba, el comentario del empleado, la conversación con Roberto, y el encuentro con Kevin y Andrés, se consolidaron en mi mente como claras señales del Espíritu. No eran coincidencias; eran una coyuntura, una encrucijada que me invitaba a un discernimiento serio. Vi la oportunidad de sacarle el mejor provecho a cada circunstancia, de abrir una nueva ventana.
Decidí dar el paso. Le escribí a la cuenta de Instagram de Frieden Routen y me facilitaron el WhatsApp de su presidente, Kevin Rubio. Allí, mis amigos, comenzó esta historia. Mi primera rodada con ellos fue el domingo 14 de julio de 2024. Se abrió ante mí un mundo completamente desconocido, un ambiente donde, a primera vista, un cura no esperaría encontrarse. Pero allí estaba yo, un jesuita motero, descubriendo que Dios se manifiesta también en el asfalto, en la camaradería y en la aventura de la carretera.
Mis objetivos como biker
Ser un cura motero es abrazar una vida con un pie en el asfalto y el otro en el altar, fusionando la libertad de la carretera con la profundidad de la fe. Desde la riqueza de la espiritualidad ignaciana, ser motero se convierte en un camino para la mayor gloria de Dios y el servicio a los demás. Aquí presento cuatro objetivos que expanden el significado de las expresiones que menciono, manteniendo siempre el espíritu de un jesuita sobre dos ruedas:
1) Jesuita en ruta: La itinerancia como contemplación y apostolado
El primer objetivo es transformar cada viaje en moto en una experiencia de contemplación activa y apostolado. Así como San Ignacio y sus primeros compañeros fueron "peregrinos a pie", el jesuita motero es un peregrino en dos ruedas. La ruta no es solo un medio para llegar a un destino, sino un espacio para la oración, la reflexión y el encuentro. Con cada kilómetro, el rugido del motor se convierte en un mantra, el viento en una caricia divina y el paisaje en un lienzo de la creación. Es en esta itinerancia donde se busca la presencia de Dios en todas las cosas, llevando la luz del evangelio a cada parada, a cada encuentro con otros viajeros, a cada comunidad visitada. El objetivo es que la presencia del cura motero en la carretera sea un signo visible de cercanía y disponibilidad, rompiendo barreras y abriendo corazones.
2) Fe: La confianza radical en la providencia divina en la carretera y en la vida
El segundo objetivo es cultivar una fe inquebrantable y una confianza radical en la providencia divina, tanto en los desafíos de la carretera como en las encrucijadas de la vida. Conducir una moto exige atención plena, decisión y una cuota de riesgo calculado. De manera similar, la vida de fe nos invita a confiar en Dios incluso cuando el camino se torna incierto o cuando la "curva" de la vida nos sorprende. Este objetivo implica abandonarse en las manos de Dios, sabiendo que Él guía nuestros pasos, protege nuestros caminos y nos sostiene en cada travesía. Es reconocer que cada salida y cada llegada son un don, y que incluso en los imprevistos o las averías mecánicas, hay una oportunidad para la confianza y la entrega. La fe del motero jesuita se traduce en una serenidad que inspira, una capacidad de adaptación que asombra y una profunda convicción de que Dios está en control, tanto en el asfalto como en el alma.
3) Misión: Llevar la Buena Noticia sobre ruedas y en comunidad
El tercer objetivo es encarnar la misión de Cristo, utilizando la cultura motera como un puente y la comunidad de bikers como un campo de acción. La moto, más allá de ser un vehículo, es un símbolo de libertad, camaradería y aventura, valores que pueden ser terreno fértil para sembrar la Buena Noticia. La misión del cura motero no se limita a predicar desde un púlpito, sino a compartir la fe en el contexto de la vida real, en concentraciones moteras, en rutas compartidas, en la conversación casual en un café de carretera. Es ser un "sacerdote de la calle", accesible, auténtico y dispuesto a escuchar las historias y las inquietudes de quienes se cruzan en su camino. El objetivo es formar una comunidad de moteros con corazón ignaciano, donde la solidaridad, el respeto y el servicio sean los pilares, y donde cada viaje sea una oportunidad para llevar consuelo, esperanza y el mensaje de amor de Dios.
4) Descubrimiento: La búsqueda constante de Dios en lo ordinario y lo extraordinario
El cuarto objetivo es mantener una actitud de constante descubrimiento, buscando a Dios en cada experiencia, cada paisaje y cada encuentro, tanto en lo ordinario de la vida diaria como en lo extraordinario de una larga travesía. Para el jesuita, el "Magis" es la búsqueda de "más" de Dios, de lo más grande, de lo más profundo. En la carretera, esto se traduce en la admiración por la creación, en la capacidad de asombro ante la belleza de la naturaleza y en la apertura a las sorpresas del camino. Cada salida es una oportunidad para aprender algo nuevo, para conocer gente diferente, para enfrentarse a desafíos y superarlos. Pero más allá de lo externo, el descubrimiento también es interno: es la introspección, la toma de conciencia de la propia vulnerabilidad y la gratitud por cada momento. El objetivo es que cada viaje sea una peregrinación espiritual, un proceso de crecimiento personal y de encuentro más profundo con uno mismo, con los demás y con Dios, siempre buscando el "en todo amar y servir".
Estos objetivos, impregnados de la espiritualidad ignaciana, demuestran cómo un cura motero puede vivir plenamente lo mejor de ambos mundos, utilizando la carretera como un altar y la moto como un instrumento para la gloria de Dios y el servicio a la humanidad.
(Por José Francisco Aranguren Díaz y Gemini IA, junio de 2025)
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